Comer y comer y leer

Martín Caparrós escribe el editorial del número 10 de 5W

Comer y comer y leer
El hambre como arma de guerra. Ilustración de Cinta Fosch incluida en el número 10 de 5W.

Martín Caparrós escribió el prólogo del número 1 de 5W hace diez años, y escribe ahora el editorial del número 10, Comida, que acaba de salir del horno. Es el editorial, escrito desde las entrañas de nuestro proyecto, porque para nuestra revista él es referente y guía, maestro y compañero. Somos porque es. Ahí va el editorial de nuestro intruso favorito en la redacción: es la puerta de entrada a un viaje, a través de la comida, de más de 250 páginas.

Por Martín Caparrós

Ayer se me cruzó, prófuga, pizpireta, una especie de idea: que la comida es todo lo que está bien y todo lo que está mal en este mundo. Porque, para empezar, recordé mi sorpresa cuando, hace más de medio siglo, Serge Bianchi, nuestro profesor de historia de la Revolución Francesa, nos dijo que una de las causas principales de los levantamientos de julio de 1789 fue un aumento del precio del pan. Alguien le preguntó, modo María Antonieta, que si el pan estaba tan caro por qué no comían otra cosa; Bianchi lo miró con un poco de pena y le preguntó si sabía en qué consistía la dieta de un trabajador parisino a fines del siglo XVIII. Alguien le dijo que no y él nos dijo que lo habitual eran dos o tres libras —alrededor de un kilo— de pan más o menos negro cada día. Le preguntamos que qué más y nos dijo que pocas veces algo más: algún domingo, alguna fiesta señalada.

La alimentación ha sido una de las grandes conquistas de nuestras sociedades. Ahora, dos siglos después, es difícil imaginar que un trabajador occidental viva a base de pan. Creo que no solemos registrarlo, pero comemos tan distinto que nuestros bisabuelos. La comida se nos ha vuelto un festival de variaciones infinitas, manjares traídos desde todo el planeta para competir en los mercados ricos del Primer Mundo. En cualquier tienda de nuestras ciudades podemos comprar uvas en mayo, espárragos en enero, diez versiones de tomates todo el año, mejillones en lata y gambones helados, carne de las antípodas del animal que sea. En estas décadas hemos invertido la lógica de nuestros platos: antes la enorme mayoría eran hidratos de carbono y verduras de estación, si acaso una legumbre, y en los días muy especiales un trocito de alguna proteína. Ahora nuestras comidas habituales consisten en un gran trozo de esa proteína –vaca, gallina, puerco, pez, vicuña virgen viracocha– acompañada de algún hidrato, un vegetal. Comemos cada vez más y mejor, dominamos sabores y saludes, somos capaces de una variedad y una comprensión como nunca antes hubo. Y comer se nos ha vuelto más placer que necesidad y, a veces, el espacio para tanta palabra rimbombante, para tan satisfecha exhibición. La forma en que comemos es espléndida y es una de esas prácticas que participan de la condición decisiva de estos tiempos: solo podemos hacerlo porque lo hacemos pocos. Si todo el mundo quisiera comer así no habría mundo capaz de sostenerlo.

Por eso el Hecho Histórico Más Importante que la Historia No Registró sigue siendo inútil. Hace más o menos medio siglo la humanidad consiguió, por primera vez, la capacidad técnica de alimentar a todos sus miembros. Era el resultado de décadas de avances en los métodos agrícolas y era un logro extraordinario, solo que no nos importó ni quisimos llevarlo a la práctica: podemos producir alimentos para 12.000 millones de personas, somos 8.000 millones y, aún así, una de cada diez personas en el mundo no come suficiente.

Alguien dijo que el hambre es la mayor vergüenza de estos tiempos: la plaga más mortal, la más fácil de acabar. Alcanza con decidir que queremos hacerlo y que, para eso, la prioridad en la producción de comida ya no serán las fortunas de sus productores sino la alimentación de las personas: no producir lo que premian los mercados ricos sino lo que todos necesitan. Sería, como siempre, una decisión política que requiere que muchos lo pensemos, que muchos lo queramos, y que decidamos actuar para lograrlo. Pero, por ahora, en nuestros países tiramos a la basura un tercio de los alimentos que generamos o compramos: el desdén por los que los necesitan no podría ser más gráfico. El hambre es, sabemos, algo que siempre les sucede a otros: gente rara, lejana. Por eso seguimos viviendo pese a él, seguimos sin morirnos de vergüenza.

Hace diez años aparecía la primera revista de papel de 5W y hablaba, sobre todo, de las guerras —y yo escribí, desvergonzado yo, algo así como una introducción. Ahora, aquí mismo y tanto después, quizá debería hablar de la alegría de que un medio así siga existiendo. 5W cumple, creo, con esa rara premisa que dice que el periodismo actual ya no consiste en contar lo que alguien no quiere que se sepa sino lo que muchos no quieren saber. Periodismo de larga distancia, con perdón: historias de lugares lejanos, lugares desdeñados, lugares donde viven los otros. Que a usted, hipócrita lector, mon semblable, mon frère, le importe enterarse de estas cosas me hace creer que quizá, alguna vez, queramos acabar con el hambre. Alcanzaría con decidirlo muchos; parece fácil —y sin embargo no lo hacemos. Pero leer estas historias —mientras comemos una carne con patatas, algún pescado con arroz— es una forma de acercarse.

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