El sol de Tapachula es abrasador. Mujeres, hombres y niños yacen a media tarde en los suelos de los pasillos de un albergue de acogida para personas migrantes de esta ciudad cafetera de edificios bajos del trópico de México, a pocos kilómetros de Guatemala. Dormitan a la sombra, conversan sin entusiasmo. Algunas mujeres cocinan tortillas no muy lejos. Sus rostros, perdidos y desencajados, son la metáfora del terremoto que la nueva política migratoria de Estados Unidos ha provocado en México, que comparte con su vecino del norte más de 3.000 kilómetros de porosa frontera y una dilatada historia de rencillas.
—Algunos migrantes están volviéndose ahora a Centroamérica. Hace dos días se fueron entre 50 y 60 personas. Muchos también están pidiendo refugio en México —explica Herbert, administrador del albergue chiapaneco.
La razón: la cancelación el 20 de enero de la aplicación CBP One, que, pese a sus muchas imperfecciones, era la principal vía legal para iniciar trámites de asilo en suelo estadounidense; desde su entrada en vigor en 2023, más de un millón de personas lo habían conseguido de esta manera. Una de las primeras medidas adoptadas por la Administración Trump fue emitir una breve notificación en la página oficial del organismo de control fronterizo para anunciar que CBP One había dejado de funcionar.
Así, de un plumazo y sin explicaciones, se esfumaba la esperanza de muchísimas personas que habían visto en esa aplicación una puerta entreabierta hacia una nueva vida. Muchos habían vendido pertenencias, habían dejado trabajos o se habían separado de sus familias para recorrer una larga travesía y soñar con esta oportunidad.
Hoy, el albergue gestionado por Herbert, como muchos otros, está por debajo de su capacidad. Acoge a unas 900 personas, sobre todo de Venezuela, cuya crisis política y económica sigue acentuándose, y de países centroamericanos como Honduras y Guatemala. En picos de tránsito, como el último trimestre de 2024, llegó a albergar hasta 1.700 personas.
País de origen, tránsito, destino y retorno de migración, México es el último eslabón del largo corredor latinoamericano, una de las rutas más peligrosas del planeta. La violencia salpica el camino desde la selva panameña del Darién hasta los múltiples actores del crimen organizado desperdigados por territorio mexicano, pasando por las pandillas centroamericanas o fuerzas del orden corruptas. Todos se disputan los réditos de un enorme negocio: el de los cientos de miles de personas, quizá millones, que cada año parten de distintos puntos del continente, o incluso desde más allá del Atlántico, huyendo de conflictos, violencia, discriminación o en busca de oportunidades.
—En este albergue más de 50 personas habían recibido ya la cita de CBP One [para iniciar trámites de asilo en un punto de entrada de Estados Unidos] —asegura Herbert—. Es gente que ha sufrido muchas amenazas por el camino. A algunos Migración [de México] los había retornado desde otros puntos del país. Aquí hay familias enteras que han esperado hasta un año para la cita.
Entre los afectados se halla Francisco, un hombre hondureño de pelo corto y rasurado por los costados, musculado, con camiseta de tirantes y zapatillas negras. Como muchos de los que ofrecen su testimonio en este reportaje, prefiere utilizar un pseudónimo por motivos de seguridad.
—Estuve ocho meses haciendo el trámite para la residencia de México. Mi idea inicial era ir al norte, a Monterrey. Allá hay más oportunidades. Pero me salió negativo, así que en noviembre empecé a pedir citas de CBP One, y me metía cada día hasta que salimos positivos mi novia, su hija y yo —explica, al tiempo que muestra la hoja que lo acredita—. Me dieron entonces un permiso para poder subir por el territorio de México porque la entrevista la tenía para el 29 de enero, pero cuando cancelaron la aplicación fue un bajón absoluto.
Cuenta Francisco que en Honduras dejó problemas y falta de trabajo. También una hija de 15 años a la que quiere “dar un futuro”. Ahora está desconcertado. No sabe bien cuáles serán sus próximos pasos.
—¿Cómo se ve en unos meses?
—Solo Dios sabe. Con la voluntad de Dios espero que vaya bien.
Es difícil todavía medir el impacto que el alud de cambios sancionado por Trump tendrá sobre el mapa migratorio latinoamericano, sobre la coyuntura mundial de las migraciones, sobre el respeto al derecho al asilo… ¿Creará un efecto dominó en otros gobiernos? La suspensión de las admisiones de refugiados en Estados Unidos es una de las heridas más visibles por el momento. Ha supuesto el regreso de la política ‘Quédate en México’, que en el pasado atrapó a los solicitantes de asilo en situaciones de peligro.
Pero el listado de movimientos tectónicos es largo. Entre ellos figuran la declaración de una emergencia nacional en la frontera con México, que da pie a la militarización de la aplicación de las leyes de inmigración, y una orden de “garantizar la protección de los estados contra la invasión”, que invoca ambiguas amenazas a la salud pública como justificación para acciones policiales. También se ha relanzado la construcción del muro fronterizo, frenado hace unos meses por el expresidente Biden, y se están implementando ya medidas disuasorias adicionales, como boyas con púas en el río Bravo del estado de Texas.
La guerra dialéctica también es parte del órdago antiinmigración y ha tenido de momento dos principales batallas: la de Trump con el presidente colombiano, Gustavo Petro, a raíz de la negativa inicial de Bogotá a recibir aviones con deportados, y más recientemente con la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, quien con un tono más diplomático ha capeado temporalmente un arancel del 25% para todos los productos mexicanos. Una llamada telefónica, con la promesa de reforzar la vigilancia de la frontera común con 10.000 miembros de la Guardia Nacional y endurecer la lucha contra el tráfico de fentanilo, droga que ha causado una crisis de salud pública en Estados Unidos, sirvió a Sheinbaum para detener in extremis, al menos por un mes, la orden arancelaria de Estados Unidos, al que México hizo exportaciones en 2024 por valor de 42.100 millones de dólares, situándose como su principal socio comercial.
Se frena la entrada de migrantes y solicitantes de asilo mientras se expedita la salida de indocumentados, uno de los principales reclamos electorales de los republicanos pese a que en los últimos tres lustros ningún gobierno ha deportado tanto como el de Obama. Incluso Biden, que forjó una alianza con López Obrador, predecesor de Sheinbaum, para contener la migración dentro de México, deportó más personas que Trump en su primer mandato, aunque este último lo hizo aparentemente de manera más indiscriminada y con dolorosas separaciones de menores.
Una ley permite ahora deportaciones exprés de migrantes en situación irregular acusados de delitos menores, y en algunas ciudades estadounidenses se han registrado ya detenciones de migrantes indocumentados. Se estima que hay 11 millones en todo el país, cinco de ellos mexicanos. Por ponerlo en perspectiva: algo más de cuatro millones de mexicanos fueron devueltos entre 2009 y 2024. El mandatario republicano ha ordenado además preparar la bahía de Guantánamo, donde se ha detenido a sospechosos de terrorismo desde los ataques del 11-S, para albergar hasta 30.000 migrantes indocumentados con historial delictivo. El presidente salvadoreño, Nayib Bukele, aliado regional de Trump, también ha ofrecido acoger a presos convictos en su megacárcel.
Con las deportaciones regulares sin interrupción, las autoridades mexicanas se preparan para posibles deportaciones masivas a corto plazo, sobre todo en el norte, donde han construido grandes instalaciones en lugares como Ciudad Juárez para albergar a los potenciales deportados y han habilitado transportes para llevarlos a otras partes de México.
En medio de la vorágine, la incertidumbre invade a cientos de miles de personas ahora varadas en un limbo en México. Entre ellas predomina una combinación de frustración, tristeza y miedo ante lo que se avecina. Para muchos, como Natasha, quien tampoco se llama Natasha en realidad, no hay vuelta atrás. Junto a su cuñada y tres hijos salió de Honduras en octubre después de mucho tiempo amortiguando la extorsión de pandilleros con los pocos réditos que le daba su pequeño negocio. Cuando ya no le alcanzaba para pagar la cuota, pidieron pagar de otra forma. Y se vio obligada a hacerlo. Cerraba la habitación para que los niños no oyeran. Pero un día se interesaron por su hija de 12 años. Entre lágrimas cuenta que en ese momento ya no pudo aguantar más. Reunió lo poco que tenían y se marcharon. Su marido había partido un año antes para evitar ser reclutado, pero hace ya meses que no sabe nada de él. Ella y sus pequeños llegaron en autobús a Guatemala; después cruzaron el río Suchiate y pudieron entrar en México gracias a que un mexicano les protegió en su primera exposición al cártel fronterizo.
—¿Quiénes son ellos? —preguntaron.
—Son mi esposa, mis hijos y mi cuñada —respondió el acompañante mexicano.
—Como es tu familia, pasa.
Desde que llegó a Tapachula está en un albergue del que apenas ha salido.
—Como mujeres estamos expuestas a más peligros. Llevo tres meses aquí llena de miedo, no he pensado ni en unirme a una caravana, ni en tomar un bus. Hay muchas historias, gente a quien, aun con la cita de CBP One y con el permiso para moverse por México (la Forma Migratoria Múltiple), los bajan del bus y les rompen los documentos. Hice los trámites para quedarme en México y también para pedir la cita de CBP One. No sabía hacerlo y me ayudaron, pero metieron mal mis datos y nunca me salió la cita. Vivo con la angustia de que me encuentren. Solo quiero un lugar donde establecernos, que los niños vayan a la escuela y poder trabajar. ¿Volver atrás? Si esa gente no estuviera ya, podría… pero eso tampoco lo sé.
Siguen las caravanas migrantes
En Tapachula, estado de Chiapas, se aglomeran muchos de los migrantes que llegan a México. Allí se puede comenzar los trámites burocráticos, se reflexiona sobre los siguientes pasos, se descansa de una travesía dura por Centroamérica. Desde Tapachula parten la mayoría de las caravanas migrantes, un fenómeno recurrente desde hace varios años: las personas migrantes caminan en grupo en busca de protección ante la violencia perpetrada por los numerosos actores del crimen organizado, para sortear las tácticas disuasorias de las autoridades mexicanas o para llamar la atención. Las caravanas son solo la punta del iceberg del fenómeno migratorio en México, pero una punta muy visible. Desde la victoria electoral de Trump en noviembre su frecuencia y tamaño aumentó. Muchos querían intentar llegar a la frontera norte con Estados Unidos antes de que asumiera el poder, aunque hace años que ninguna de las caravanas ha conseguido siquiera llegar a Ciudad de México, pues son normalmente disueltas antes mediante engaños y coacciones.
Desde la toma de posesión del magnate se han seguido registrando caravanas, si bien ahora sus ambiciones parecen más limitadas y también hay una presión más temprana por parte de las fuerzas de seguridad por disolverlas en el mismo estado de Chiapas. Una de estas caravanas, compuesta por unas 1.400 personas, llegó el 26 de enero a la localidad de Huixtla tras cubrir sus integrantes 40 kilómetros a pie desde Tapachula, de donde habían partido de noche para evitar las altas temperaturas del sur de México. En el domo de Huixtla, un estadio de fútbol sala cubierto y con una pequeña grada, se podía ver el 27 de enero a gran parte del grupo, integrado mayoritariamente por personas que habían salido de Venezuela; también de Cuba, Ecuador, Guatemala, Haití y otros puntos del continente. A la sombra, algunos dormitaban postrados en el cemento de la cancha, confiando en coger fuerza para el resto de la ruta; un barbero callejero rasuraba el cabello de varios clientes, en una esquina se cargaban cuarenta móviles enchufados en regletas enormes, varias personas cocinaban o comían, y algunas familias visitaban puntos de atención de organizaciones humanitarias.
“Desde octubre ha habido por lo menos 15 movimientos migratorios en caravanas en los que hemos proporcionado asistencia”, dice Rubelci López, responsable de una clínica móvil de Médicos Sin Fronteras. “Aunque sigue habiendo muchos hombres, en la ruta cada vez vemos más mujeres que viajan solas o acompañadas de niños. Las mayores afectaciones son sobre todo dolores musculares y lesiones que se van ocasionando por las caminatas. También nos encontramos con enfermedades respiratorias agudas, afecciones de la piel y gastrointestinales debido al consumo de agua no potable”.
—Yo vengo desde las 11 de la noche del sábado caminando, gracias a Dios —explica Yahanis, una joven venezolana—. Ha sido un poquito duro. No quiero pasar al otro lado, a Estados Unidos. Mi objetivo es llegar a Ciudad de México para poner a estudiar a mis hijos. Acá en Tapachula no pude, por tantos problemas que me ponían, porque los niños no eran de acá.
—¿Qué es lo más difícil?
—No, pues muchas cosas. Más que todo, ya cuando cae la noche, los niños se me duermen. Me toca cargarlos a los dos para poder seguir adelante. Si te quedas atrás, te pueden robar. Ya me robaron la primera vez, me quitaron el bolso, me dejaron sin los papeles de los niños… Y son tantas las cosas que le pasan a uno.
Su compatriota Jorge aún confía en llegar algún día a la frontera y que cambien las cosas.
—Estamos viendo que Donald Trump trancó las citas [de CBP One] y entonces no hay otra alternativa que subir en caravana, porque si no vamos así pues tenemos mucho riesgo por tantas cosas que se ven aquí en México. La única alternativa que tenemos es subir a Ciudad de México y buscar trabajo, seguir buscando el sueño americano o retornarnos a nuestros países. Que Trump se ponga la mano en el corazón y nos deje cruzar, porque en verdad queremos trabajar.
De migrantes a solicitantes de asilo
La radiografía de la migración que pasa por México ha variado con el paso de los años. Según el experto Gerardo Talavera, el “estereotipo” de que hace una década solo viajaban “hombres centroamericanos con mochila, gorra, que se suben a un tren y van del sur al norte”, no es del todo exacto. “Siempre ha habido mujeres en la ruta migratoria”, agrega. Y añade que ahora “el flujo se ha diversificado muchísimo”.
Talavera, que ha trabajado en organizaciones de ayuda, subraya que hace diez años había unos 2.500 solicitantes de la condición de refugiado en el país, la misma cantidad de personas que hoy en día puede haber en un solo albergue. El aumento de solicitudes ha sido exponencial en la última década, con un récord de 140.000 en 2023 y más de 78.000 el curso pasado. No obstante, en medio de la inmensidad de uno de los países más grandes y poblados del planeta —1,96 millones de kilómetros cuadrados de extensión y casi 130 millones de habitantes—, el ratio de refugiados no es excesivo, “no es una emergencia”, según Talavera.
Pese a su curva ascendente, las peticiones de asilo mexicano representan una fracción del océano de personas en movimiento a través del país, muchas de las cuales tenían la principal ambición de llegar a EE UU. Entre enero y agosto de 2024 el Instituto Nacional de Migración de México registró al menos 925.000 personas en situación migratoria irregular en el territorio, un 131% más que en el mismo periodo del año previo. Ahora, con la frontera estadounidense cerrada a cal y canto, se están disparando aún más las peticiones de asilo y residencia en México.
Otro de los cambios históricos tiene que ver con La Bestia, el tren de mercancías que cruza México y a cuyos lomos se subían antes muchos más migrantes que ahora. Y no solo porque ahora migran muchas más personas vulnerables. Los múltiples cárteles que hoy en día hacen negocio con el tráfico, la trata, las extorsiones, el transporte y muchos otros ámbitos relacionados con los migrantes, captan con frecuencia a sus víctimas desde la entrada al país. A pesar de ello muchas personas siguen recurriendo al tren para avanzar por el territorio mexicano.
Coatzacoalcos, una húmeda ciudad del estado meridional de Veracruz con un malecón casi fantasma repleto de edificios abandonados y en ruinas, es uno de los puntos clave de este mapa ferroviario. El flujo varía mucho, pero siempre hay algunos migrantes bajo el puente, junto a las vías, esperando a la llegada del tren adecuado, el que seguramente los transporte a Tierra Blanca, a unas doce horas de distancia, para luego quizá poder seguir hasta Ciudad de México o incluso más allá. Muchos merodean y preguntan desorientados: ¿En qué estado de México estamos? ¿A qué hora pasa el tren? ¿Adónde lleva? Una vez llega el tren, los migrantes se montan en la pequeña plataforma que hay entre los vagones. Muchos sufren accidentes.
Es 20 de enero, las primeras lluvias del año en Coatzacoalcos han hecho bajar drásticamente el termómetro en el trópico. Kevin, un estudiante de Ingeniería industrial de 22 años oriundo de Huila, en el suroeste de Colombia, se muestra inquieto. Quiere seguir avanzando hacia Estados Unidos y el tren se presenta como la forma más inmediata de hacerlo, pero hace ya un rato sabe que la petición de asilo se ha complicado.
—No era mi intención salir de Colombia ya que uno tiene todo allí, la familia… El principal motivo para marchar fue la violencia —dice Kevin, también un pseudónimo—. Mis papás tienen una finca cafetera. De repente un grupo armado nos empezó a amedrentar. Querían reclutar a los que prestamos servicio militar porque ya conocemos el entrenamiento. Por eso opté por huir. No quiero pertenecer a un grupo armado que no lucha por el bien del país, que es puro narcotráfico.
Contactó a su hermano, que está desde hace un año en Utah, y decidió partir. Ahora lleva cinco meses en México. Llegó en avión a la capital y estuvo trabajando en una ferretería en el estado de México, pero cuando quiso salir del estado lo atrapó Migración y lo llevaron junto a otros migrantes en autobús hasta Villahermosa, en el estado sureño de Tabasco. Lamenta que sin dinero es muy difícil moverse por México y que no se puede confiar en nadie, ni siquiera subido a un taxi. Saca el móvil y muestra las amenazas que recibió por Whatsapp desde un número desconocido: “¿Prefiere morir que pagar feria (dinero)?”. Bloqueó el contacto. Sabía que México era peligroso, pero admite estar sufriendo discriminación. Y critica el funcionamiento de la ya extinta aplicación CBP One.
—No funcionaba por orden cronológico, sino al azar. Era muy lento el proceso de selección. Desde que llegué a México lo intenté, pero nunca me dieron cita. Ahora lo único que me queda es ir a la frontera, ingresar en Estados Unidos y entregarme. Si me dieran la oportunidad, estudiaría y aprendería inglés. Mis padres me preguntan cómo estoy. Me dicen que regrese si no puedo más… pero mi única opción sería ir a Bogotá y allí no tengo nada ni a nadie. Volver a Colombia me da miedo.
Colombia, donde el primer presidente de izquierdas de la historia democrática del país, Gustavo Petro, está intentando la “Paz Total” —negociar con todos los grupos armados no estatales simultáneamente—, viene experimentando un auge de la violencia, sobre todo en las zonas más remotas del país. En enero la subregión del Catatumbo, en la frontera con Venezuela, experimentó graves enfrentamientos entre el ELN y disidencias de las FARC, y asesinatos que desencadenaron el desplazamiento forzoso de más de 50.000 personas y el despliegue del Ejército.
Migrantes extracontinentales
México ya no es solo el destino de personas del continente que huyen de conflictos, violencia, falta de oportunidades o exclusión. En los últimos años decenas de nacionalidades distintas se han incorporado a la ruta migratoria: China, varios países del Sur de Asia, de África Occidental. Muchos comienzan el periplo en Sudamérica y atraviesan el Darién rumbo a Norteamérica, a menudo tras aterrizar en Ecuador o en Brasil. Es el caso de Salma, de 26 años y nativa de la República del Congo, más conocida como Congo-Brazzaville. Salma, quien también opta por proteger su verdadera identidad, viaja con su juguetona y risueña hija de cuatro años. No le resultó sencillo, pero consiguió un visado y voló a Brasil, donde trabajó un par de meses, hasta que el exiguo salario que recibía la convenció para continuar la ruta.
—Consulté TikTok para informarme sobre la ruta y prepararme moralmente. La gente dice que no es fácil. Al principio quería ir a Estados Unidos, pero nos quitaron casi todo en la selva del Darién de Panamá. Desde Colombia nos llevaron en barco y llegamos a un bosque. Caminamos durante día y medio hasta llegar a la montaña que separa Colombia de Panamá, una muy grande, con laderas muy empinadas. Si te caes, te mueres… Mi niña lloraba mucho. Íbamos con nepalíes, indios, colombianos, había congoleños de ambos países, malienses, senegaleses, ghaneses, mauritanos… Hicimos dos días más de travesía por el Darién. Debido a las lluvias hubo corrimientos de tierra y algunas personas resultaron heridas. Encontramos dos cuerpos. Pasamos la noche bajo la lluvia. A la salida de la selva de Panamá, nos montamos en una piragua por 30 dólares. Nos topamos con cuatro jóvenes armados con machetes y otras armas que nos amenazaron. Nos llevaron a un campo de bananos, taparon los ojos a los hombres y los violentaron. A las mujeres no nos hicieron nada, pero nos robaron el dinero y los teléfonos. El mío se rompió y no funciona ya. Desde entonces no he podido contactar con mi familia. A algunos también les rompieron el pasaporte. Después nos dejaron en paz y dormimos a la orilla del río.
Finalmente llegaron a la estación de recepción migratoria, donde recibieron comida y algo de ayuda de organizaciones humanitarias allí presentes. Tomaron un autobús a Nicaragua, pasando por Costa Rica, y más tarde pasaron a Honduras y Guatemala con diferentes transportes en un trayecto por Centroamérica que duró tres días, en los cuales diferentes bandas criminales les pidieron cientos de dólares, hasta llegar a Tapachula, en México, donde una vez más les volvieron a pedir dinero. Ahora, en Coatzacoalcos, Salma quiere también seguir avanzando con el tren. “El permiso que me dieron en Tapachula solo me permite moverme por el estado de Veracruz. A pesar de ello quiero intentarlo y ver qué pasa, quizá me puedan dar un permiso de trabajo temporal. Solo busco una vida mejor”, suspira.
A una hora de distancia en coche de Coatzacoalcos se encuentra Oluta, una pequeña ciudad con tránsito migrante dado que alberga una importante oficina de Migración para regularizar la situación en México. Allí está el albergue Ranzahuer. Ese 22 de enero, su responsable, María del Rocío Hernández Lucho, no para de moverse de un lugar a otro, de atender llamadas. Despide a una familia hondureña que había estado muchos meses en el centro. Querían cruzar a Estados Unidos, pero les robaron 100.000 pesos (unos 4.700 euros) y tuvieron que abandonar la idea. Regresa con los ojos bañados en lágrimas.
—Tenemos prohibido establecer vínculos, pero mira… no siempre es posible —admite—. En cada persona que llega vemos a un Jesús necesitado al cual brindamos un servicio de manera integral. Ahora con este fenómeno migratorio nuevo estamos recibiendo a personas retornadas del norte y centro del país, también de Estados Unidos. Atendemos a gente vulnerable como son mujeres embarazadas, niños, adultos mayores, personas mutiladas por el tren o con alguna discapacidad física, con enfermedades crónicas degenerativas y también a personas de la comunidad LGTBI.
Tal vez son menos visibles, pero hay muchas personas que huyen debido a su orientación o identidad sexual: para este colectivo, la barrera de Estados Unidos es ahora doble.
El juego de las serpientes y las escaleras
—Desde hace dos meses empezamos a recibir a personas de diferentes países que ya habían entrado a Estados Unidos y que fueron ya retornadas por Migración debido a las redadas que están haciendo. Hay mucha angustia, mucha desesperación. Algunas personas que ya estaban establecidas dejan lo poco o lo mucho que hayan logrado, y se tienen que separar de sus familias. Al ser deportados a México optan por solicitar refugio aquí.
María recuerda que la deportación se añade a la mochila de violencia y sufrimiento con la que muchos cargan: algunos se pierden por el camino, otros son secuestrados, engañados, hay violencia sexual…
—Es un desgaste emocional, físico y económico. Hay gente que ya se queda totalmente vulnerable. Se lo gastaron todo para poder migrar y salvaguardar la vida. Muchas veces la sociedad piensa que van por el sueño americano. Hoy en día es el sueño mexicano. Solamente quieren hacer una vida.
A la complejidad de las limitaciones migratorias y de asilo se suma el recorte de la ayuda humanitaria aprobado por la Administración estadounidense, que afecta a la agencia estatal USAID y a otras oenegés y agencias de Naciones Unidas. En México y todo el corredor migratorio latinoamericano puede tener consecuencias desastrosas.
—Las personas están ahora en un limbo insoportable. Las consecuencias médicas y humanitarias de frenar el acceso al asilo son reales. La ausencia de vías legales y seguras expone a las personas migrantes a más violencia y caer más fácilmente en redes de tráfico —dice Henry Rodríguez, coordinador de MSF en México.
Para el experto Gerardo Talavera, migrar a través de México es un proceso repleto de obstáculos. Lo compara con el clásico juego de las serpientes y las escaleras, una suerte de juego de la oca.
—Si caes en una escalera tu proceso será más fácil, pero hay serpientes: ¿te alcanza para pagar? ¿A quién te alcanza para pagarle? ¿A un oficial de migración? ¿A un pollero? Si tienes dinero, tu proceso irá por escaleras. Habrá quien tenga suerte y llegue rápido. Pero se han encargado de ir poniendo muchas serpientes por el camino.
*El autor visitó México como parte del equipo humanitario de Médicos Sin Fronteras.